(Albert Camus nació en Mondovi, Argelia, el 7 de noviembre de 1.913, cuando Francia dominaba a ese país africano. A una edad temprana quedó huérfano de su padre agricultor y le tocó vivir en medio de todo tipo de privaciones materiales por la situación económica precaria en que quedó la familia. Su infancia transcurrió en un barrio pobre de Argel y pudo adelantar sus estudios gracias a una subvención que daban a familias víctimas de la guerra.)
Me ha surgido esta entrada, porque ayer en el entierro veía como los asistentes huían de una política nuestra como de la PESTE. Que. Cuando y se cargaba el juramento en el bolso de mano, todos los lameculos se la pegaban como a la miel las moscas.
La vi perdida y desorientada, como a cualquiera que hubiéramos pasado del todo a la nada. Esto ya sabíamos que iba a ser así, aunque no tan drástico y fulminante. Y es que dice un refrán que ‘el que juega con fuego en el perece’. Nunca tuvo en cuenta por ejemplo lo que dijo Benjamín Franklin: (El camino hacía la riqueza depende fundamentalmente de dos palabras: trabajo y ahorro.)
(La peste, publicada en 1947, es una novela que refleja esa tendencia del existencialismo particular de Camus. En esta alegoría sobre la ocupación nazi, está presente la catástrofe llevada hasta sus últimas consecuencias, pero a la vez, en medio de esa catástrofe, los hombres conjuran los impulsos más elementales para superarla. Albert Camus parece decirnos que esa peste, que es un equivalente literario a la fractura heredada por Europa después de las dos guerras mundiales, debe ser enfrentada con compromiso moral de la por parte de la sociedad.)
Ese compromiso moral debemos nosotros agarrarle por los cuernos y ver la forma de salir de este socavón donde nos dejó la “Peste” en el sentido apócrifo (en Pedro Bernardo)
Un día veremos como los cuchareros de bien, habremos de taparnos la nariz delante de las urnas que dieron mayorías a quien nos arruinó; y los clientes especuladores sin escrúpulos que consintieron que nos llevara a esa ruina con una torpeza de espectadores regocijados.
Ya no nos sugestiona miedo, ni rencor, ni amargura. Como si estuviéramos de vuelta de todo, incluso de nuestra propia supervivencia.
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